1. Sola con mis hermanos 2


    Fecha: 09/07/2024, Categorías: Incesto Autor: brendy, Fuente: SexoSinTabues30

    La remodelación de la casa fue complicada. Mis hermanos y yo habíamos escapado de nuestro padre violento, pero ahora nos enfrentábamos a mantener una gran edificación imposible de mantener para cuatro jóvenes. Arturo era el mayor y sabía más que todos, pero no era el más fuerte. Miguel hacía gran parte del trabajo pesado y Roberto parecía estar en su mundo. Yo ayudaba llevandoles clavos, madera y demás. Cuando nos cansábamos, íbamos a los sillones cubiertos con sabanas para evitar el polvo. Por lo menos estaban en buen estado.
    
    -Debemos comprar más comida – dijo Arturo, de 21 años.
    
    -Iré yo – respondió de inmediato Miguel, de 18. Él siempre tenía prisa por salir.
    
    -No, tú quédate en la casa con Graciela. Iremos Roberto y yo – respondió Arturo.
    
    Roberto, de 16 asintió.
    
    Tomaron un poco de dinero de la maleta de nuestro padre y subieron al auto que el abuelo le dejó al mayor. En teoría, la casa era para mamá, pero luego de que papá se la entregara a un tipo peligroso a cambio de aquella maleta, sabíamos que jamás la veríamos de nuevo. El auto era sólo para el mayor de todos.
    
    Los vimos irse levantando polvo y el silencio salpicado por sonidos de aves del bosque remarcaron el nerviosismo de Miguel. Yo lo miré con una sonrisita. Para cuando perdimos a nuestros hermanos de vista al dar vuelta en el limite del bosque, donde acababa el camino de tierra, yo ya me había abierto mi blusita.
    
    -Bien. Acabemos con esto – dijo Miguel, antes de irse a sentar en uno de los sillones y abrirse el pantalón.
    
    Papá era un alcohólico y adicto. Golpeaba y rentaba a mamá por dinero, y a mi me usaba para sentir placer. Por dos años me abrió las piernas y me introdujo su grueso miembro para vaciarse dentro de mí. Me lastimaba, pero comencé a tomarle gusto. Para cuando nuestro progenitor vendió a nuestra madre y mis hermanos y yo escapamos con su dinero, yo ya había desarrollado una adicción a las sensaciones que una verga me provocaba. En ocasiones, era lo único en lo que pensaba.
    
    La primera noche no pude controlarme y seguí a Miguel al baño. Se la chupé y luego me cogió mientras yo le daba la espalda. Él lo veía como algo aborrecible, pero ya habían pasado un par de semanas y aun así me lo hacía cada dos o tres días, cuando nos quedábamos solos o lo encontraba a solas en el bosque.
    
    Esta vez, sentado, él desvió la mirada con mala cara mientras yo subía a su cadera. Se había bajado los pantalones lo suficiente para dejar al descubierto su buena verga, lista para ensartármela. Yo ya estaba completamente desnuda y bien mojada. Siempre lo estaba. Me coloqué con las piernas a los lados y dejé que entrara con ayuda de mi olorosa lubricación. Miguel quiso reprimir un gemido, pero no lo logró. Él no tenía que hacer nada. Yo me movía por mi cuenta. Papá me había enseñado a base de nalgadas e insultos. Cuando lo hacía bien, me decía que me amaba. Cuando no, me abofeteaba. Miguel tenía una buena longitud y entró hasta el fondo.
    
    Hice mi trabajo. Me moví en ...
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